Tibetanos en la encrucijada nepalí maoísta

tibetanflagAl comenzar a escribir este nuevo post no puedo evitar recordar a un viejo amigo inglés, muy viajado y sensibilizado con la causa tibetana. Nunca entendí por qué ese interés especial por el pueblo tibetano y no por el palestino, el kurdo o el saharaui -por poner tres ejemplos-. Siempre se lo pregunté y aún no tengo respuesta, aunque puedo intuirla.

Viniendo de donde vengo, de un pequeño país o región, como cada cual quiera hoy llamar a Euskal Herria, con un conflicto armado que ha durado 50 años y cuya razón de ser ha sido y es la autodeterminación del pueblo vasco, igual que los pueblos anteriormente citados -por supuesto, salvando siempre las distancias-, no podía entender esa predilección de mi amigo inglés por la causa tibetana, ya que ni sus antepasados fueron tibetanos, ni en su familia actual hay ningún miembro procedente de Tíbet. No veía ese vínculo y compromiso que, como vasca, siento con mis raíces.

Acabo de volver de Nepal, país donde he tenido la oportunidad de convivir con algunos tibetanos exiliados. Mi amigo inglés tuvo el mismo placer muchos años antes que yo. Ahora entiendo que es inevitable esa sensibilidad cuando eres testigo directo de la situación que sufre, en este caso, el pueblo tibetano. Y particularmente los tibetanos que residen en Nepal, esos pequeños héroes que conocí con grandes historias y a quienes dedico estas líneas de apoyo y solidaridad.

De los seis millones de tibetanos que hay a lo largo y ancho del planeta, unos 20.000 residen en Nepal. Muchos cruzaron el Himalaya y llegaron a este país en 1959, después de que China ocupara Tíbet. Los padres de Lodo y Wangen Tempa, dos jóvenes nepalís de 32 y 35 años, respectívamente, fueron algunos de los muchos tibetanos que se vieron obligados a abandonar su país para evitar la tortura, la opresión y la falta de libertades.

wangenlodoLos padres de Lodo y Wangen Tempa rehicieron su vida en el campamento de refugiados tibetano Tashi Palkhiel, situado hoy entre dos monasterios budistas a pocos kilómetros del centro urbano de Pokhara, la segunda ciudad más turística de Nepal tras Kathmandu. Un asentamiento destacado en la guía turística Lonely Planet, un dato que puede parecer irrelevante hasta que llegas y ves todos los sponsors internacionales (americanos, canadienses, suizos, austriacos, …) a modo de gift o ayuda económica directa al centenar largo de familias que residen allí.

Regalos de doble filo

Paseaba por las callejuelas del poblado curioseando las pequeñas y humildes casitas, que en su día fueron precarios barracones de refugiados, y el primer pensamiento que me vino a la cabeza fue “no viven mal los tibetanos”, comparándo, por supuesto, con la situación de miles de nepalís que viven en Kathmandu rodeados de basura, miseria y condiciones de vida infrahumanas.

Apenas llevaba caminando cinco minutos y ya me habían saludado al menos tres vecinos, todos los que me encontré fuera de sus casas, personas sonrientes y hospitalarias con todos los forasteros. Cuando conocí a Lodo estaba preparando chiya (té) para sus octogenarios padres con los que vive. Su hermano pequeño fue enviado, como otros muchos niños y jóvenes tibetanos, a un monasterio budista ante la falta de recursos económicos para mantenerle. Me invitó a entrar y me ofreció un té mientras sujetaba a Jakie, un simpático perro autóctono de Tíbet y que muchas familias tienen en aquel asentamiento.

Me senté en una silla de plástico blanca y mientras esperaba a que estuviera listo el té, me dediqué a observar cada detalle de la casa. Una pequeña bandera de Tíbet y una placa de piedra con el mantra grabado Om Mani Padme Hum presidían la entrada de la casa. Y junto a estos dos comunes símbolos tibetanos, me llamó la atención una tercera banderita de EEUU, colocada junto a un pequeño fluorescente conectado a un panel solar, con una frase que decía: “Gift of the United States Government”.americangift tibetan

“Si no coloco la bandera, se enfadan”, señaló Lodo como si habría leído mi mente. “¿Quién se enfada?, ¿los americanos?”, le pregunté haciéndome la ingenua. “¡Claro!”, respondió riéndose al tiempo que me traía el té.

Lodo me habló sobre su vida, vendía artesanía tibetana en las zonas turísticas de Pokhara, como muchos de sus vecinos. “A veces trabajo y a veces no, según la temporada…”, me contaba sonriente y en un tono de placentera resignación.

Después la conversación en nuestro inglés roto pasó a un plano más general, el pueblo de Tashi Palkhiel. “Ahora el Gobierno maoísta está muy interesado en comprar el pueblo con dinero que ha donado Suiza”, soltó Lodo. “¿Para evitar los sponsors americanos?”, le pregunté pensando en escribir algo sobre aquel ‘jugoso’ dato. “Prefiero no hablar de política”. Este joven nepalí de origen tibetano quería zanjar el tema, pero antes de que lo hiciera también me contó que había familias en el poblado con un subsidio mensual donado por Canadá y otros países. Según me explicó, el Gobierno maoísta, “amigo” del gobierno chino, quiere demostrar que él también se preocupa de los tibetanos y no sólo los países occidentales, como EEUU o Canadá.

Libertad para Tibet (… y para los tibetanos en Nepal)

Lodo insistió que no quería hablar de política o, más concretamente, del Gobierno nepalí, pero no dejó de repetir y reclamar una y otra vez Libertad para Tíbet, frase que en lengua tibetana tenía tatuada en su espalda, además de un mantra tatuado en su hombro derecho. Tras comentar la hipocresía de la televisión que ofrece noticias en las que “sólo se ve que el Gobierno chino da comida a los tibetanos”, ocultando las torturas e injusticias allí perpetradas, el joven manifestó “lo terrible de todas las personas tibetanas que se queman vivas en India para reclamar la Libertad de Tíbet”.

tibet burningWangen Tempa no tardó tampoco en recordar a los mártires tibetanos. A este otro joven nepalí de origen tibetano le conocí en el monasterio budista de Jangchub Choeling, situado junto al asentamiento de Tashi Palkhiel. Vestía una chaqueta deportiva de la selección española, con su mala colgado al cuello. Acababa de terminar sus rezos a Buda y no puso ningún impedimento para conversar conmigo. Todo lo contrario. Apenas habían transcurrido cinco minutos y Wangen ya estaba protestando por el rumbo que ha tomado el actual Gobierno maoísta, que se hizo con el poder en 2008 y al que, según remarcó el joven nepalí, “no le gustan las manifestaciones públicas a favor de Tíbet”. “Al menos cuando gobernaba la monarquía los tibetanos podían manifestarse a favor de la Libertad de Tíbet”, señaló con un tono nostálgico el joven Wangen, quien confesó en voz alta, como muchos nepalíes, que ni confiaba ni confía en el último rey de Nepal Gyanendra Bir Bikram Shah Dev, convencido de que éste llegó al poder tras ordenar matar a su hermano.

“Se convierten en ricos (los gobernantes) y seguimos con los mismos problemas o más”, se quejaba, al tiempo que sentenció que hoy “el Gobierno maoísta está dividido en dos y no resuelven los problemas del país” y, en el caso de los refugiados tibetanos “la situación incluso ha empeorado”, al menos en lo que a la libertad de expresión se refiere.

Según explicó, los refugiados tibetanos y sus hijos “no tienen ni voz ni voto” en Nepal, pese a vivir todo una vida en el país. Resignado, pero sin dejar de sonreir en ningún momento, Wangen Tempa insistió en sus protestas contra el actual gobierno: “Antes no había cortes de luz, ahora son continuos; el gas butano para cocinar costaba 700 rupias y ahora hasta 1300 rupias; los vegetales y frutas los importan de India y China cuando nosotros, los nepalís, tenemos nuestros propios cultivos”.

Tras este breve desahogo, este joven de padres refugiados tibetanos coincidió con Lodo en que no ve un futuro muy esperanzador para la libertad de Tíbet. Tras recordar el drama de todos aquellos tibetanos que deciden inmolarse en India, Wangen apuntó que “las cosas están cambiando”, incluso en China “que ahora es más poderosa económicamente, van a cambiar de gobierno”.

A continuación, reconoció que la situación de los tibetanos en India “es mucho mejor” que la de los tibetanos refugiados en Nepal y recordó que India siempre ha sido “amiga” de Nepal. “Pagas entre 200 y 2000 rupias y puedes cruzar la frontera y entrar al país”, dijo pensativo, para concluir que su vida está en el pueblo donde ha vivido siempre, junto a sus padres a los que cuidará hasta su muerte como marca su cultura. Pero siempre reclamando la dignidad y reconocimiento del pueblo tibetano. Hasta la victoria siempre Tíbet!

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Nepal, tierra de dioses y miserias terrenales

Kathmandu, para abrir boca. Autor. Jone G. Lurgain

Kathmandu, para abrir boca. Autor. Jone G. Lurgain

A medida que voy indagando en la historia del que en su día fue el Reino del Himalaya, me asombra más este pequeño gran país llamado Nepal, con un pasado de reyes con categoría de dioses digno de guión cinematográfico y un presente de lo más contradictorio, en el que conviven armoniosamente la ferviente religiosidad hinduista-budista de su pueblo y el ateísmo declarado de su gobierno comunista maoísta que, de momento, se presta -de forma interesada o no- a designar kumaris, pequeñas diosas vivientes elegidas hasta la fecha por sacerdotes.

Pero vayamos por partes. El Reino hinduista del Himalaya y su trágico destino que, como comentaba, bien podría llevarse -si no se ha llevado ya- a la gran pantalla en Hollywood o quizá la más cercana Bollywood. Cuenta la versión oficial que el 1 de junio de 2001, el príncipe heredero de Nepal, Dipendra Bir Bikram Shah Dev, enamorado y bebido, provocó unamasacre en el palacio real de Narayanhiti, en Kathmandu. Asesinó a nueve miembros de la monarquía nepalí, entre los que se encontraban su propio padre, el rey Birendra, su madre, la reina Aishwarya, su hermano, su hermana, y otros cinco miembros de la familia real. Se cuenta que no le dejaban casarse con la mujer que quería y el príncipe, de 29 años, despechado y enloquecido por amor provocó la masacre y después se suicidó.

EL DIOS HINDÚ QUE REINÓ NEPAL

El múltiple asesinato conmocionó a un país que se encontraba inmerso en un delicado proceso de democratización impulsado por el propio monarca, con la guerrilla maoísta de fondo luchando por derrocar la monarquía desde 1996. Pero principalmente, la conmoción del pueblo se debió a la pérdida de su idolatrado rey Birendra, considerado por los nepalíes la “reencarnación del dios hindú Vishnu”.

El tío del príncipe heredero y hermano del monarca asesinado, el príncipe Gyanendra Bir Bikram Shah Dev, se hizo entonces con el poder y pasó a ocupar el trono de Nepal.

Pero ésta fue la versión oficial, la que se derivó de la investigación encargada por el nuevo monarca y que en el Reino del Himalaya pocos se creen. Los nepalíes se preguntaban cómo fue posible semejante matanza con la seguridad que había en el Palacio real. Muchos acusan a Gyanendra de la matanza. Defienden que fue un ataque planificado.

Así comenzó la primera década del siglo XXI en Nepal. Durante estos años, muchos nepalíes han odiado a Gyanendra y a su hijo, ya que veían cómo estos nadaban en el lujo, mientras un tercio de la población nepalí vive en la pobreza.

OTRAS MISERIAS TERRENALES

La otra gran historia de Nepal a la que me refería tiene tinte más político y es la que cuenta el fin de la monarquía nepalí y el comienzo de un estado democrático gobernado por un partido de ideología atea en uno de los países más religiosos y espirituales del mundo.

Desde 1996, la guerrilla maoísta, inspirada en el marxismo-leninismo y el Sendero Luminoso peruano, luchó contra el sistema monárquico nepalí. Aunque con el idolatrado rey Birendra se inició un proceso democrático en Nepal, tras su asesinato en 2001, su hermano el rey Gyanendra se hizo con el trono y posteriormente disolvió el Parlamento y Gobierno, declaró el estado de emergencia, detuvo a los líderes políticos y asumió el poder absoluto porque, según dijo, habían sido incapaces de poner fin a la corrupción y la insurgencia.

Los maoístas consiguieron su objetivo en 2006, la monarquía fue doblegada y el rey restableció el Parlamento nepalí. Los siete partidos de la oposición (la denominada Alianza de los siete partidos) se unieron en bloque contra el rey y tras las sangrientas protestas lograron destronar el rey.

2008 fue otro año clave. Hace tan sólo cuatro años, en abril de 2008 se celebraron elecciones y los vencedores hasta hoy con el actual primer ministro de Nepal, el doctor Baburam Bhattarai, fueron los ex guerrilleros maoístas y su Partido Maoísta Comunista de Nepal, que cabe recordar fueron incluidos en su día en la lista de organizaciones terroristas de EEUU y pese a abandonar la violencia hace seis años no ha sido hasta justo ese mes de septiembre de 2012 cuando EEUU le ha eliminado de su lista negra.

Los diez años de conflicto civil en Nepal se han saldado con casi 13.000 muertos. Una espeluznante cifra de miseria terrenal. Los campesinos y pobres fueron los más castigados en esta guerra: reclutados por la fuerza por la guerrilla, torturados por el Ejército nepalí por “colaborar” con los insurgentes. Sin duda, las verdaderas víctimas de esta guerra, como tristemente ocurre en todas las guerras, y las víctimas que hoy siguen sufriendo por la pobreza y su doloroso pasado.

  • La autora

  • Esta periodista se suma a los millones de bloggeros que a lo largo y ancho del planeta tienen algo que contar, denunciar o proponer. A mis treinta y tantos me atreví a dar el paso para intentar cambiar el rumbo de mi vida. Uno de los resultados de está travesía en la que me hallo es mi nuevo blog "30 y tantos". La idea es aportar mi pequeño granito de arena a este mundo en constante crisis, no solo económica sino también de valores. Desde este rincón del planeta quiero tocar a la puerta de vuestras conciencias con pequeños relatos, opiniones, noticias, iniciativas... de y sobre pequeños héroes que cada día comparten con nosotros este mundo global tan diverso y plural, con tantos colores, razas, culturas, religiones e ideologías... Con una sonrisa te invito a divisar el mundo desde mi 'balcón'. Acomódate, tomáte un ratito de tu tiempo y comparte tus reflexiones. Te espero! Read in English

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